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No podemos renunciar a Alex Rodriguez. Nadie puede. Y vaya que todos lo hemos intentado.
Hay demasiado ahí, en cada ocasión, que el prospecto de que él se marche para siempre -- quizá invocando el plan de "retiro en la lista de lesionados", poco visto pero muy discutido -- es suficiente para que todo aquel aficionado cuerdo del béisbol sacuda su cabeza y cubra sus ojos.
¿A dónde iría el mundo del béisbol para un poco de comedia? ¿Dónde obtendríamos nuestras autorizaciones médicas no oficiales? ¿Qué le ocurriría al primo Yuri?
Lo más reciente: Alex dice que todo está bien entre él y los Yankees, y que todo progresa satisfactoriamente y que planea contribuir antes de que la temporada concluya. Esta proclamación de "todo está bien", sin embargo, parece un poco extraña, considerando que su gerente general le dijo, hace menos de una semana y con grabadoras de por medio, que se callara, luego de que Alex publicó en Twitter que un médico que no pertenecía a los Yankees le había autorizado para jugar.
Seguro, las palabras de Rodríguez y el momento en que las dijo carecieron de habilidad, ¿pero qué más esperaban del hombre menos consciente en el planeta?
Él ha visto al enemigo y no es Brian Cashman. Lo extraño es que este enemigo en particular tiene el rostro de A-Rod con el cuerpo de un centauro.
Más tarde este mes, él cumplirá 38 años, y quizá llegará un momento en donde echemos un vistazo detenido a uno de los mejores jugadores de una generación. Ese momento no ha llegado, porque él intenta actuar tan extraño que cualquier afirmación razonable de su lugar legítimo en el orden de las cosas debe esperar.
Él es nuestro primer atleta avatar, alguien no completamente humano que no es más que el mejor atleta virtualmente real del mundo. Nunca ha habido nada espontáneo o jubiloso acerca de él, ningún sentimiento de camaradería o espíritu o algo que asociemos con los mejores atributos del deporte. Es solamente una excelencia impersonal, una maquinaria sin emociones que conseguía cuadrangulares y producía carreras en grandes cantidades antes que su cuerpo se averiara. Impresionante, sí, en la misma forma como cuando un ligamento crece de las células de un conejo en el laboratorio.
¿Qué podemos hacer con él? Cada miembro de la prensa deportiva neoyorquina tendría que vestir de negro durante un mes si los reportes del retiro/suspensión de por vida/anulación de contrato de A-Rod fueran ciertas. Él ha sido tan amable con ellos por tanto tiempo, por el simple hecho de su propio ensimismamiento, que ellos no podrían tolerar el que él se marchara sin un periodo de luto.
Rodríguez y Nueva York es una convergencia feliz entre humano y ciudad, el hombre con la virtual inhabilidad existencial para interpretar una habitación y la ciudad que derrama cinismo, bravuconerías y furia. Ellos lo señalan en cada ocasión, y en cada ocasión él se recupera para lanzarle más carne cruda en su camino.
El domingo, en una noticia que es relevante de una u otra manera, el diario New York Post reportó que Rodríguez había firmado una promesa anti-drogas en una preparatoria de Baltimore en 2009. El Post resaltó que aunque Rodríguez no ha sido encontrado culpable de nada, el reporte de Biogénesis sugiera que "existen dudas de que el asediado antesalista haya honrado esa promesa".
Esto es algo que carece de fundamentos, pero también es prueba de algo, quizá de que un segmento de la prensa neoyorquina quiere que A-Rod se marche tanto como los Yankees. El consejero contra las drogas que orquestó la visita de Rodríguez a la escuela le dijo al Post, "Es vergonzoso no solamente para nosotros y para él, pero para todo el concepto de lo que somos". Inocente hasta que demuestren tu culpabilidad, por supuesto, pero se trata de A-Rod y Nueva York, así que es algo natural que algo tan insignificante como la Constitución se extravíe en el papeleo.
No es que defendamos a Rodríguez --¿y no sería eso un acto con sólo un integrante? -- pero esta rutina de qué-le-diremos-a-los-niños esquiva una distinción significativa: si él piensa dos veces acerca de una tonta promesa, él probablemente no la considera rota si él (presuntamente) toma algo que lo ayude a volver al campo. Suena extraño, pero los peloteros han creado justificaciones morales para hacer trampa desde que la trampa fue inventada, y si ustedes consiguen algo de un doctor, aunque sea de forma clandestina con su hijo parásito, deben considerarse atendidos.
Es obvio que a los Yankees les gustaría deshacerse de Rodríguez y cualesquiera que sean los actos vergonzosos que él cometa antes de que su contrato expire. Restan $114 millones en ese acuerdo, pero no gasten ni un segundo sintiendo pena por los Yankees. Ellos le dieron ese ridículo contrato, que siguió a un ridículo contrato previo, y solo ellos deben culparse por cualquier cosa que ocurra entre hoy y su dolorosa caducidad.
No es una sorpresa de que él es una carga a su edad, igual como no será una sorpresa cuando Albert Pujols sea una carga para los Angelinos tarde o temprano. Hay una suposición de que estos enormes contratos Josh Hamilton, Carl Crawford y Barry Zito disuadirán a los equipos de cometer errores futuros. Sin embargo, nunca ha sido de esa forma y hubo muchos contratos cautelosos antes de cualquiera de esos fuera firmado.
Esta aventura de A-Rod, más que nada, parece encantadoramente clásica, diferente de otras, como si hubiéramos sido transportados a una época más sencilla, donde el hombre todavía era relevante y cosas como promesas anti-drogas en una asamblea de preparatoria nunca estuvieran en el pensamiento de nadie.
A esta instancia, es casi pero no del todo triste, que uno de los mejores peloteros en la historia del deporte está reducido a batallas en Twitter con su gerente general y un equipo esperando que resista lo suficiente para abstenerse de pagarle.
Sólo en el mundo de A-Rod sería posible esto. Los Yankees deberían llevarse el espectáculo en gira, o al menos a unas cuantas calles de distancia. Broadway lo disfrutaría completamente.
Por Tim Keown - ESPN.com Seguir @All_SportNews




