Las buenas sensaciones que han mostrado Los Angeles Lakers en los últimos partidos les permiten soñar con una clasificación para la postemporada que llegó a parecer imposible en otros tramos de la campaña.
La capacidad para sobreponerse a los cambios de coach, lesiones e innumerables deslices se ha convertido en una cualidad digna de elogio, y es que las cábalas están del lado lagunero gracias a la innegable mejoría, entrecomillada, del juego del equipo.
El ambiente que se vive en las entrañas de la franquicia es de optimismo y el discurso sale orgánico en varios jugadores: "Era una cuestión de tiempo", han llegado a decir hombres como Steve Nash o Dwight Howard sobre la química tardía de tanta estrella junta. Pero como en toda fiesta hay un aguafiestas encargado de estropearla a base de protagonismo barato, en esta 'celebración' lagunera por todo lo bajo, Mike D'Antoni se lleva la palma del despropósito.
Su labor de gestión de la plantilla deja mucho que desear y su sistema se basa más en la improvisación que en los criterios definidos. Pero esa improvisación llegada por culpa del lastre de las lesiones y la negación a fórmulas de fracasos anteriores no es cosa de su mente maravillosa, sino de la experiencia de jugadores camaleónicos que saben perfectamente lo que tienen que hacer sobre la cancha y cómo amoldarse a los imprevistos.
El colmo llegó con la pésima gestión del equipo en el encuentro ante Phoenix Suns, cuando en otro alarde de creatividad, el coach volvió a utilizar solamente a dos hombres de la segunda unidad. En total, siete jugadores que el día anterior habían participado una media de 34.2 minutos por cabeza, y que dos días antes habían hecho lo propio en sendas e importantísimas victorias. La media de edad de los siete es de 31 años de edad, y en la segunda mitad ante Phoenix, las piernas no pudieron aguantar tanta carga.
La gestión de D'Antoni está rozando la irresponsabilidad, y planteo un pregunta que me formuló tras el encuentro Rodrigo Azurmendi, compañero de ESPNDeportesLA. ¿Qué hubiera pasado si Nash se lesiona dos semanas y D'Antoni se ve obligado a contar con un Chris Duhon o Darius Morris sin confianza? Pasaría que la falta de previsión del coach y la negación absoluta de introducir otras piezas sobre el tablero le hubiera costado cara a él y, sobre todo, al equipo que dirige.
Después de la derrota ante los Suns, D'Antoni compareció ante los medios y no sólo esquivó las preguntas de los reporteros con encogimiento de hombros y sonrisa condescendiente seguida de un "¿qué quieren que haga?" que hizo pitar los oídos a Duhon, Morris, Robert Sacre y Devin Ebanks, sino que terminó de lapidarlos cuando reconoció que no están jugando bien.
¿Dónde no están jugando bien? ¿En los escasos partidos que juegan en las escasa prácticas entre viajes, partidos y recuperaciones? ¿En un dos contra dos junto a un Pau Gasol en vías de recuperación?
Los suplentes no están jugando bien porque directamente no juegan, porque la confianza de D'Antoni se vende cara y su conservadurismo le convierte en garante de decisiones fáciles, salomónicas y a la postre desgastadas. Tanto o más como sus jugadores fetiche, que están siendo explotados mientras guardan silencio para no acabar de hundir a un coach cuyo destino está más que escrito.
Mientras tanto, D'Antoni fuerza la máquina en encuentros como el de Phoenix, donde además de demostrar que no es capaz de calibrar las fortalezas del equipo, salió derrotado y minó más aún las esperanzas de los menos habituales basando su discurso en los deseos recuperar lo antes posible a Kobe Bryant y Gasol para que formen parte de la rotación; o lo que es lo mismo, continuó poniendo más presión sobre jugadores que deberían recuperarse al cien por cien y que no lo hacen porque no pueden, porque no hay plantilla suficiente para hacer rotaciones y porque el coach no está dispuesto a dar un solo minuto a jugadores que 'de relleno'.
D'Antoni está jugando con fuego en una temporada donde las concesiones están más que prohibidas y en la que cada decisión es vital. Su poca planificación muestra indicios de un divorcio inminente con los Lakers, es como si supiera que tiene las horas contadas y plantea cada partido como si fuera el último, como si sus estrellas fueran a salvarle el pescuezo para seguir la temporada que viene. Algo que parece muy improbable que vaya a suceder.
Por Gonzalo Aguirregomezcorta - ESPNDeportesLosAngeles Seguir @All_SportNews




